Me refiero a debilidad curativa de la maternidad, a ese estado en el que me encontré tras nacer mi hijo, pero no quiero que se interprete con la connotación peyorativa que otorgamos a la palabra debilidad. Aquí la debilidad nos permite conectar con las necesidades de nuestro hijo, mirarle desde nuestro interior, con nuestros ángeles pero también con nuestros demonios.
Creo que ha sido fundamental experimentar esa debilidad para aprender a mirarme y por eso la llamo curativa.
No me di cuenta del proceso por el que estaba pasando hasta hasta que mi hijo no alcanzó algunos meses, momento en el que supongo que mis hormonas se regularon y la parte física de la transgresión del parto y del cocktel químico de hormonas dio paso a los sentimientos. Os aseguro que peleé, con uñas y dientes, contra esa malestar emocional que me invadía, esa soledad, angustia...pero tuve que rendirme.
"Rendirse", ahora me suena bien, ahora sé que tenemos que rendirnos más, rendirnos a nuestros hijos, a la vida y, sobre todo, a nosotros mismos. Ahora que me rendí, ahora aprendí, ahora conocí y conecté con mi ser y así pude también conectar con mi hijo.
Ya no voy corriendo a gustar a los otros, ya puedo abrazar a mi hijo cuando llora por dolor, sin culparme por no poder hacer nada, ya soy un poco más yo y no la mujer fuerte que esperaba ser, la madre que imaginé que sería.
Ahora soy la madre que quiero ser, la mujer que soy.

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